Sabesabo

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El apocalipsis de los mariscos terrestres.

La historia de cómo entres meses se perdió un tesoro de millones de años

La historia de cómo en tres meses se perdió un tesoro de miles de años.


Por Rodrigo Lara Serrano

¿Algo más excitante que quemar por mano propia no un bosque, sino muchos bosques? Por supuesto: ser quien ordena tal incendio. 

Los noticieros de la televisión hablarían durante semanas del ministro, empresario o criminal que hoy financiara, por ejemplo, un plan para arrasar por medio de las llamas todo el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. Pues bien, curiosamente, eso fue lo que hizo nada menos que… Vicente Pérez Rosales: puso el dinero para calcinar el equivalente a varios parques nacionales.

En su favor hay que decir que no lo llevó a cabo a escondidas: estaba orgulloso de ello. Antes, durante y después de hacerlo. Tanto, que lo contó con detalles en un libro encantador llamado “Recuerdos del pasado”. 

Entusiasta, sagaz y laborioso, el niño que alguna vez había sido abandonado en las playas de Río de Janeiro con sólo dos monedas de oro y catorce años, sentía y actuaba como un hombre de progreso.

Si bien era hijo de una cultura y un país donde la posesión de tierra en que cultivar el trigo y hacer pastar a las vacas eran la principal fuente de alimento, riqueza y respetabilidad; admiraba la belleza de las selvas frías. 

La primera vez que arribó a las riberas del Llanquihue expresó con admiración que “el suelo de los contornos del lago se encontraba, textualmente hablando, empedrado con avellanas, y miel en todas partes”. Aun maravillado como lo estaba, decidió ofrecerle a Pichi-Juan, un indígena que lo asistía, “treinta pagas, que eran entonces treinta pesos fuertes, porque incendiase los bosques mediaban entre Chanchán y la cordillera”

El apocalipsis duro cerca de 90 dias.

“Esa espantable hoguera —prolongó— durante tres meses su devastadora tarea, y el humo que despedía, empujado por los vientos del sur, era la causa del sol empañado, al cual la mayor parte de ese tiempo, se pudo mirar en Valdivia con la vista desnuda”.

Pérez Rosales, entonces agente del gobierno, actuaba impulsado por la necesidad imperiosa de conseguir tierras arables para los primeros colonos alemanes que ya habían arribado a Valdivia. Así lo logró.

Si bien no fue el primero, ni sería el último, el golpe de aquella mega combustión puede ser visto como un punto de inflexión en el empobrecimiento de Chile. Porque, si bien aquellos campos libres de bosques produjeron una nueva riqueza —visible— cubiertos de trigo, cebada, centeno, manzanos y perales; una enorme cantidad de riqueza —invisible a los ojos occidentales— fue destruida.

¿Cuál? Por mencionar una, que todavía en este siglo XXI no vemos: los “mariscos terrestres”.

En el mundo mapuche se llama así (mapu–küfull, mariscos terrestres) a los hongos. En cambio, la palabra popular chilena para hongos es “callampas” (del quéchua ka-llampa) y la estima que les tenemos se manifiesta con claridad en expresiones como “vale callampa” (de valor despreciable) y “población callampa” (lugar miserable). Claro, a menos que las callampas sean francesas y se llamen champignones.

En los bosques prehispánicos de Chile no había necesidad de importarlos: la variedad local era asombrosa. Actualmente, se conocen alrededor de 20 especies comestibles. Unas diez de las cuales son llamadas, indistintamente, digueñes, lahueñes o quireñes. De estos mariscos de tierra, algunos se comían frescos, otros se secaban para almacenarlos y unos terceros, como el changle o el pique, se usaban para darle mejor sabor a otros alimentos.
 
Oriana Pardo y José Luis Pizarro, expertos en alimentos vegetales precolombinos, estiman que “las especies consumidas fueron seguramente muchísimo más numerosas”.

Algunas de las que sobreviven, como la que da origen a la llamada “fruta del coigüe” u “oreja de palo”, todavía hoy muy apreciada por los pocos indígenas que las consumen. E ignoradas por la población en general.

¿Cuántos tipos de hongos se perdieron? Imposible saberlo (recientemente se descubrió que un hongo que vive en el interior de los ulmos, el Gliocladium roseum, puede producir combustible diésel gaseoso).

No deja de haber enseñanza en que Vicente Pérez Rosales, al promover la quema, actuase bajo un hechizo cuyos efectos él mismo había sufrido en su juventud al crear una fábrica de aguardientes y tener éxito al vender un Old Champagne Cocnac, haciendo creer que era importado. Para arruinarse, con posterioridad, al revelar que era de fabricación nacional. Les bois osorninos et les champignons d’Araucanie se perdieron por no saber hablar francés.